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Cuando era pequeño, dotado de un ambiguo excepticismo que prefería tender la mano a escuchar las campanas de la razón, yo adoraba el carbón.

No sé en otros países, pero en España, carbón por Navidad es símbolo de ser un niño algo cabrón que es precisamente el anagrama más sencillo de carbón que existe.


Claro está, el carbón es puro azúcar a consumir en cómodos plazos.
Para mi esos cómodos plazos se administraban en intervalos de pocos segundos hasta que acababa con un empacho.

Además el carbón de Navidad puede presumir de haber sido el único alimento que me hace cagar negro.

Sí, sí, hace tiempo que aprendí que las heces no son necesariamente sinónimo de diversión pero cuando eres un niño no hay nada más divertido que sentarse en la taza del váter viendo aquella impresionante cataplasma negra mientras imitas a Darth Vader diciendo cosas como "eso detendrá a esos malditos ewoks".

Además, mi locura por el carbón una vez encarrilada la segunda semana eran tan grande que a pesar de haber sido muy bueno todo el año (sí, claro), siempre me reservaba alguna maldad de las buenas para asegurarme una buena pieza de este mineral, que en mi caso también generaba una gran cantidad de residuos.


Este año debo haber sido especialmente malo, o bueno, según se mire, porque encontré, por primera vez en mi vida, un montón de carbón de diferentes colores.

No saben particularmente diferente.
Es más yo juraría que saben exáctamente igual, pero el cerebro que empieza a engañar una vez llevas tres mordiscos.

Lo que si aseguran es un subidón de azúcar de primer orden.



Los dos extremos. Amarillo y azul.
Uno podría aprender del otro.

Porque un trozo de carbón amarillo carece de toda gracia. Podría ser un trozo de jabón vetusto, un montón de sebo deshidratado o un cerebelo momificado.
Da grima de por sí.

En cambio, el azul...una piedra de azúcar puro azul da para escribir novelas, para crear sagas enteras de operetas sobre valkirias enanas que prohiben la entrada al Valhalla a todo aquél vikingo que no se llame Bobby o lleve un jersey a rallas.

El colorante te deja la lengua como el terso culo de un pitufo, pero lo mejor es lo que hace con tu espíritu, que se llena de energía positiva y chacras varios haciendo que tu aura se vuelva tan grande que sea aura, auntes y aluego.
Cómo mola la comida azul.



Estos dos son neutrales. Dan el pego, pero sin dar el asco que el amarillo y sin elevar el alma como el azul.

El rojo, que podría pasar por una roca volcánica de Saturno, el amuleto del chino cudeiro o la esponja de Hellboy.

El verde está claro que no sirve para nada más que para fingir que has encontrado la forma de matar a Superman y que de una vez por todas vas a hacer lo que Lex Lutor jamás consiguió, y es hacer de Batman el superhéroe vivo más famoso de la faz de la tierra.

Ya sé que esto a la mayoría de vosotros os importa más bien poco, pero visto desde mi punto de vista, carbón de colores es probablemente la derivación comestible más divertida de estas navidades.
Y si quiero intentar ser el primer humano en cagar un arcoiris, es cosa mía!



melonian (16-12-06)




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