Cada año pasa lo mismo.
Llega Halloween y de forma simultánea celebramos la fiesta o cena y se acaba el especial.
Es como si a la mañana siguiente el simple recuerdo de calabazas, zombies y azúcar te destroce los sesos como una mala resaca.
Así que suelen pasar dos ó tres semanas hasta que escribo sobre la noche de Halloween si es que llego a escribir sobre ello.
A destiempo y mal, como casi todo lo que hago.
Así que este año me he decidido a comenzar por el final... del año pasado.
Apenas 6 meses después de llegar a Suecia, tenía claro que mi destino era pasar Halloween, solitos trollaki y yo, haciendo ver que un demonio abismal había poseído la comida mexicana.
No es que no sea divertido, pero es difícil vestirse de fiesta cuando no hay fiesta.
Lo que no sabía es que la mitad de mis amigos en Suecia serían americanos, y los que no lo eran tenían un aprecio por Halloween similar al mío, pero sin la necesidad esquizofrénica de comprar 1001 gilipolleces anaranjadas y con forma de araña.
Así que por primera vez desde que dejamos México cuando era niño, tuve una fiesta de Halloween con niños disfrazados, lo que me hizo recordar 2 cosas: a) si no eres un niño, mola más hacer una cena con adultos y b) si hay niños, no es buena idea ir disfrazado de zombie con media cara desfigurada.
Como nosotros no estamos en fase reproductiva y tengo un don especial para no poder cocinar, yo me dediqué a decorar el local.
Aquí arriba, cada comunidad de vecinos tiene un local (o varios) que presta para celebraciones de cualquier tipo.
Por el módico precio de nada, pudimos hacer una fiesta de Halloween en un local bastante currado con mesas, sillas y herramientas de tortura.
Sin ánimos de dar una idea flor arrogante, tengo que decir que dejé el sitio preciosón.
La mesa estaba plagada de telas de arañas, arañitas de plástico y calabazas de todos los materiales.
Velas y servilletas a juego no podían faltar.
Debo admitir un cierto acojone por el riesgo inflamable de la mezcla, pero al final no pasó nada, y ya sabéis lo que dice el dicho: "más vale molar que prevenir".
Garlandas, cintas y globos a pequeño-cigarro-ilegal. No voy a admitir que hubiese hecho lo mismo de no haber habido niños.
Tampoco voy a admitir que disfruté como un yo con Lego nuevo decorando el local. El que hubiese gente o una fiesta después era sencillamente una excusa.
Hay algo tremendo, oscuro y orgásmico en desparramar una caja de arañas de plástico sobre una mesa que previamente ha sido cubierta de telarañas.
El otro centro de atención venía desde la mesa de postres.
La comida no tuvo ningún tipo de gracia especial, pero los postres, diseñados por varias mentes crueles, tuvieron su momento de gloria.
Además de nuestros fantasmas de marshmallows y arañas de oreos, los asistentes se curraron una serie de postres que a)son fáciles de hacer y b) no le hacen sombra a nuestras creaciones y a su vez valen la pena como relleno si queréis haceros vuestra propia fiesta.
Según aprendí, ésta es una chuche muy común para Halloween en Estados Unidos.
Se trata de manzanas cubiertas de caramelo y calaveras de Rice Krispies.
Sí, jodidas Calaveras de Rice Krispies.
Tengo que reconocer que molan un montón y que saben de vicio.
El truco está en derretir caramelos de toffe y bañar los Rice Kripies con el toffe para que queden tó-pegajositos y puedas moldear las calaveras y que luego estas queden compactas.
Los ojos y nariz son pasas, que es una fruta de la que yo paso. Se podría hacer con regaliz y molaría más.
No tengo ni idea de como se hace esto, pero se trata de una especie de pudding de chocolate muy pero que muy líquido y que a medias luces podrías pasar por sangre.
Da cierto mal rollo, en especial porque parece de la consistencia de la sangre y no dirías jamás que es chocolate hasta que te lo llevas a los labios.
A bote pronto diría que está cargado hasta arriba de anticongelante, pero por la reacción no mortuoria de los que comieron parece quitarme la razón.
Esto son unas madalenas con gusanitos de gominola por dentro.
La masa de la madalena está hecha de una forma que simula perfectamente la consistencia de la tierra, pero esa es la única gracia real de este postre.
Trollaki no me dejó poner una tarjetita que certificara que "Vaya mierda de postre".
He visto por internet al menos 9879872 versiones mejor hechas.
En general no puedo quejarme, porque no esperaba poder celebrar Halloween y acabamos montando una fiesta con unas 20 personas.
El protagonismo infantil le quitó algo de gracia a una festividad que me gusta disfrutar en primera persona, pero aún así tengo que estar contento porque por una vez, conseguí aterrorizar hasta las lágrimas a media docena de niños con mi disfraz de zombie desfigurado, y eso es algo que ni MasterCard.
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