
Imagina: paseas por cualquier calle de tu ciudad, villorrio o agrupación de viviendas sin denominación concreta. De repente, una especie de gorra color verde con un par de orejeras anexionadas avanza hacia tí, portando en su cavidad a una enorme bola de sebo con mostacho. Esa es más o menos la primera impresión que se tiene cuando se topa uno con Ignatius J. Reilly, un orondo hombretón con la misma pinta que Sara Montiel vestida para ir al campo: estrafalaria de cojones.
La segunda novela de John Kennedy Toole, quién estuvo a sólo un "Fidgerald" de ser presidente de los Estados Unidos, tiene a Ignatius como personaje central, y eso es mucho personaje. Yo tengo la sospecha de que Ignatius está basado en mi tío (un saludo si lees esto, querido tío), y Toole fue una especie de Rappel americano que, en un fugaz vistazo al futuro, vió a mi tío deambular por casa con su pijama de franela carcomido recitando versos en latín, y le llegó la inspiración. Como a la inspiración no se le niega nada, Toole la acomodó en el cuarto de invitados, le puso una sopita caliente y se pasaron la noche discutiendo los detalles de lo que sería un premio Pulitzer. La inspiración es como un okupa al que todo el mundo busca.
 "Una de las portadas del libro."
Ignatius tiene 30 años, vive con su madre en una destartalada casa de Nueva Orleans y se dedica básicamente a haraganear por casa. Como mi tío, aunque él sobrepasa levemente los cuarenta y hace poco que decidió que su falta de descendencia convertía la idea de incorporarse a la vida laboral en algo cuando menos prudente. Ignatius es un defensor a ultranza de la decencia y el buen gusto, aunque su aspecto desaliñado y su figura curvilínea parecen atestiguar lo contrario. Ignatius plasma ideas revolucionarias en sus cuadernos "Gran Jefe", mi tío mata alemanes en los miles de juegos de estrategia para ordenador que compra y en los que ocupa la mayor parte de su tiempo libre. Ignatius tiene una curiosa visión teórica del mundo que no acaba de ajustarse con la parte práctica. Mi tío también. Yo... también. Pero yo soy guapo (toma ya, yo tengo abuela pero soy autosuficiente en halagos).
Un buen día, tras casi ser arrestado por el inefable patrullero Mancuso (un joven patrullero a quién su jefe lo obliga a disfrazarse de mujer e ir a detener a alguien a las letrinas de la estación de autobuses), a la señora Reilly le traiciona el pulso y choca contra una propiedad. A partir de ese momento, la vida de Ignatius da un giro drástico para asumir una de las partes más absurdas de la creación humana: ir a trabajar. Y es que quién inventó el trabajo debió ser primo hermano del marqués de Sade, o del conde de Maso, porque la crueldad de levantarse temprano por las mañanas e ir a hacerle tareas estúpidas a otros es en sí mismo una actividad demoníaca y sin duda perniciosa para la salud.
 "El autor, con cara de intensidad."
La válvula pilórica de Ignatius lo sabe, y se cierra obtusamente a modo de huelga silenciosa. Su primer empleo: Levy Pants, una fábrica de tejanos. El señor Gonzalez es un pusilánime encargado que sólo trata de hacer su trabajo sin demasiados sobresaltos durante el día. La señorita Trixie es una anciana mujer a la que se le ha ido la pinza hace ya tiempo, y que sólo ansía que llegue el día en el que la jubilen, algo que debería haber pasado tiempo atrás si no fuera porque la señora Levy insiste en mantenerla en plantilla. Ignatius, en nombre de la decencia y el buen gusto, entra majestuosamente en Levy Pants con el objeto de iniciar una revolución que lleve a la empresa al status que merece.
El libro mantiene en todo momento una línea argumental paralela en la que el protagonista es Jones, un negro que tiene claro en todo momento que su color de piel es la peor tarjeta identificativa en la vida, y mantiene una jocosa actitud que lo convierte en otro de los éxitos de caracterización de Toole.
Myrna Minkoff, amor de juventud de Ignatius, es una joven activista que ha encontrado en Ignatius la erudición que sus notables capas adiposas ocultan. Lo malo es que trata de hacerla surgir mediante una curiosa terapia sexual, y se convierte en la archienemiga epistolar de Ignatius, a la que éste quiere vencer organizando todo tipo de iniciativas revolucionarias. Y tantas otras hilarantes y absurdas situaciones que harían de este artículo la mitad de la novela, se suceden para hacer las delicias del lector más exigente. Entre sus páginas descubriremos a Darryl, el chico trabajador, o a Darlene, la bailarina a la que desnuda un exótico loro, o también a la convención gay que acoge a Ignatius como pintoresca mascota.
 "Un bonito cuadro con los personajes."
En resumen, Ignatius es repugnante y romántico al mismo tiempo, romántico en un sentido libertario de la palabra, viviendo al margen del mundo porque su peculiar ideología le impide sumergirse en la vorágine tumultuosa del absurdo social que le rodea. Os seré sincero: yo me siento un poco Ignatius. Tal vez no soy un "elefantíaco individuo" con la higiene en huelga, pero definitivamente estoy perplejo ante un mundo que no me reconoce y del que me oculto bajo disfraces de koala para no ser reconocido. Soy diferente.
Lo que si sé es que no quiero aguardar a que sea el mundo el que me recoloque, o me desprecie definitivamente. Así que danzaré por el mundo como lo hizo Ignatius, tratando de encontrar un lugar dónde existir sin que la conjura de los necios ponga a mi originalidad en estado de sitio. La vida es dura, pero no tanto como yo.
(P.D: Artículo dedicado a Dani "Sibarita", el ceporrete de Málaga, por recomendarme el libro)
|ngenius (20-03-05)
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