
Lo sé, es muy probable que seas un fan del Código Da Vinci. Seguramente eres una de esas personas que me cruzo en el metro, que sujetan amorosamente su ejemplar y lo leen mientras esperan que llegue su parada. Yo lo odio. No es un odio hacia el libro en particular, ni hacia el escritor, ni siquiera unas voces en mi cabeza me impulsan a detestarlo, es simple desaveniencia con el fenómeno. Cuanto más grande es un impacto sociológico que no comparto, más se crispan mis nervios. En cualquier caso, respeto tus gustos y preferencias, así que si no estás de acuerdo conmigo, te invito a discutirlo amigablemente en el melonblog. ¡¡¡Empieza mi particular cruzada contra ese pedazo de besugo de Dan Brown!!!
No me voy a tirar el farol agresivo, limitándome a golpear sin piedad el blanco sencillo de las numerosas incorrecciones históricas que se encuentran en el libro. Entiendo que el principal interés de Brown y sus editores es colocar un libro, y no ser invitados a los guateques de catedráticos en historia, que seguramente son convenciones de empollones disfrazados de personajes históricos y que cuentan chistes del tipo: "¿Qué le dice un gladiador a un emperador romano en el siglo I a.D? ¡¡Aún faltan algunos siglos para que mi caballo use bridas!!", el equivalente de un buen streaptease para el resto de los mortales. Pero entiendo a los acérrimos de la corrección: uno no puede hacer una novela sobre Napoleón y disponerlo al frente de tropas germanas, o coger al César y situarlo en cavernas junto a los Fraguel Rock (aunque sería cojonudo!). Uno puede moldear la historia para adaptarla a su línea argumental, pero cuando la ignorancia se disfraza de erudita, es probable que los guatequeros de antes y unos cuantos amigos suyos de la crítica literaria busquen tu yugular y comprueben el estado de su riego sanguíneo. Y coño, ya que vas a inventar desbarres, mete a Darth Vader o a Snoopy de por medio, hombre.
 "Toma foto."
Cambiemos de tercio, olvidemos que el Papa Clemente V vivía en Avignon bajo el auspicio del rey francés y que no podía ir a mear sin que el monarca le diese su aprobación, no digamos jugar al tute con los templarios. Desmantelemos la novela: los personajes.
Robert Langdon es un personaje toscamente descrito: yo no sé a qué dedica su tiempo libre o qué es lo que pasa por su cabeza cuando no corre por calles europeas perseguido por monjes albinos. No me identifico con él, no le conozco. Tampoco conozco al osito de mimosín, y no creo que el osito corra por calles europeas perseguido por un simio albino (Dios tenga a Copito en su gloria), pero tampoco se escriben libros sobre él. Sé que es un experto en jeroglíficos y muy ducho en simbología, aunque tiene serias dificultades para descifrar un texto escrito al revés (¿quizá está muy imbuído del espíritu de Barrio Sésamo? ¿Coco y sus enseñanzas hicieron mella en él? ¿"Esto es cerca y esto es lejos"?). No es un héroe, no es un personaje trágico, no es apasionado ni es decadente, y para ser sincero, no es brillante tampoco. Es el chocolate alemán de los personajes, sucedáneo pálido de las personalidades, no tiene más mérito que el de corretear con mozas francesas. Lo que quiero decir es que uno espera que el personaje transmita algo, porque si no has añorado a alguno de los personajes de los libros que has leído, seguramente te pierdes lo mejor que ofrece la literatura. Dicen que Tom Hanks interpretará a Langdon en la gran pantalla, aunque a mi Sylvester Stallone me parece mucho más adecuado.
Sophie Neveu, nieta del fiambre que desencadena la acción, y coleccionista de frutos deshidroxigenados de profesión. Bueno, en realidad tratan de colarte que es la experta criptógrafa que trabaja con la policía francesa, pero a mi se me antoja más creíble y exótico lo de coleccionar frutas. Sophie es como mi abuela: no tiene mucha idea de criptografías, es obstinada y chapada a la antigua, estrecha y creyendo que la libertad sexual es el título de una peli de Almodóvar. Negarle la palabra a un abuelo, pegarle a un padre o escribir "haber" en lugar de "a ver" son auténticos pecados capitales. Sophie ve a su abuelo ejercer su derecho a mantener relaciones con quién quiera, dónde quiéra y con el número de individuos que elija, y le niega la palabra. Sin más. En fin, yo no lo entiendo.
Tampoco me tiraré otro de los faroles posibles diciendo que las carencias del libro no son extensibles a muchos otros: muchas novelas se sirven de este tipo de personajes, borradores de auténticas personalidades, para crear los Teletubbies de la literatura. La mayor parte de novelas-thriller de intriga, misterio o terror que venden en supermercados son estructuralmente idénticas al Código Da Vinci, a excepción del reclamo de la trama "histórico-religiosa", que como hemos visto, no es muy histórica, y mucho menos religiosa. Pero vamos a desentramar ahora el temita central que diferencia a ésta novela del resto de novelas tipo supermercado: el misterio del Priorato de Sión.
 "Míralo que guapetón."
El rollo es el siguiente: a Jesús le iba la marcha como al que más, conoce a María Magdalena y el hombretón decide formar una família y tener descendencia. La Iglesia cambia la historia a su conveniencia, y el Priorato oculta y protege a la descendencia de Jesús de Nazareth. Y será el melón de Langdon con su medio cerebro femenino, Sophie Neveu, quiénes casualmente se hallen inmersos en un incidental proceso de descubrimiento de la versión parisina de "Dónde Está Wally?". No le niego el mérito a Brown: trama polémica, arrejuntando la Iglesia, Opus Dei y la sociedad secreta de la que hablábamos, sin mojarse mucho aunque lo suficiente como para que todos hablen del asunto. En realidad nada tiene demasiado sentido ni verosimilitud, yo me trago más y mejor que Astraco y Yuppi fueran extraterrestres, pero allá cada uno con su credulidad. También es todo un éxito proponer enigmas que son fácilmente comprensibles aunque no excesivamente evidentes.
En serio, lo lamento. Lamento encontrar desconcertante la existencia de monjes albinos que escapan de prisiones andorranas por acción fortuita de terremotos (¡¿terremotos en Andorra que destrozan cárceles y liberan a convictos?!), lamento no estar muy de acuerdo con la posición de expertos de Robert Langdon y Sophie Neveu, lamento que me parezca un guión excelente para una película de Hollywood. Y entiendo perfectamente que sea una fórmula exitosa, que el hecho de que guste a muchos sea en sí mismo algo bueno, pero eso no lo convierte en buena literatura, lo cojas por dónde lo cojas. Cada vez que veo a alguien con el librito bajo el brazo me entra la mala leche, porque hay libros mucho mejores que nunca llegarán a gran cosa. Así que ahí los tienes: Dan Brown y Lucía Etxebarría sacando tarjetas de presentación con "escritor" como profesión impreso en ellas. Argf, me voy a suicidar, matándome lentamente a base de zampar tarta de queso, de manzana o de arándanos!!!
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