
Estamos perdiendo el producto nacional. Ya quedan pocos productos arraigados a terreno español, productos que simbolicen la cultura hispánica en su cuna, que identifiquen a los españoles universalmente. Se encuentra el macho ibérico entre sus exponentes más clásicos, un producto típicamente español que también se encuentra en peligro, un valor en decadencia en el mercado internacional, que antaño nos envidiase la hombría. Es nuestro deber defender al macho ibérico con la misma beligerancia con la que lo haríamos con el chorizo, es un deber como patriota.
El hombre español camina con paso amplio, como si llevase semanas con los mismos gallumbos de esparto, exhibiendo unos andares orgullosos y un paso decidido. El hombre español no se amedrenta ante nada, porque nada debe temer, y así lo demuestra su camisa abierta, permitiendo que los fornidos pectorales desafíen a cualquier otro ejemplar de humano que se nos cruce al andar. El macho español tiene pelo en el pecho, pelo en los brazos, pelo en la espalda y pelo en la entrepierna, porque el pelo es símbolo de virilidad incuestionable. El macho español no llora, en todo caso se le irritan los ojos. Un machote jamás se preocupar por la ropa que lleva, la moda no debe ser en modo alguno contemplada. Nada de beber en pajita ni usar la palabra pajita, nada de zumos, granizados, o cualquier cosa que no lleve whisky en dosis ingentes, y alejarse de cualquier tentación de fumar Nobel, porque automáticamente quedaríamos clasificados como nenazas.
 "Aunque no lo parezca, el asunto va de un libro. Este es el autor, Javier Reverte."
En cambio, con los tiempos modernos y las influencias de los ingeniosos invasores norteamericanos, nuestro macho ibérico se halla en inminente peligro. ¿Por qué acusamos a los americanos? Porque ellos siempre son los culpables para nosotros, por norma. Ahora se trata de publicitar al denominado “metrosexual”, que no tiene nada que ver con tenerla de a metro o ser una bestia parda en la cama. El metrosexual cuida su aspecto físico en detalles ignominiosos y aborrecibles: se fija en su vestimenta, tiene especial cuidado con su cutis, y corta su pelo a la moda. El metrosexual llora con las películas de Jennifer López, recita poemas y luego aterroriza a la población componiendo sus propias rimas acerca de la tersa piel del toro o los luminosos ojillos de una ternerita. El metrosexual se pone colonia en lugar de airear el aroma corporal inherente al macho español (“marca de la casa”). Podemos tener prueba irrefutable del ataque al macho ibérico sabiendo que el metrosexual se depila. ¡¡¡SE DEPILA!!! Por el amor de Dios, ¿¡¿pero qué clase de masoquista se arranca la virilidad con tiras de cera?!? El metrosexual es la antítesis del macho ibérico, el carnero demoníaco que se opone al producto nacional. Ahora bien, la conclusión de la directiva de meloncorp es que el metrosexual liga un huevo y el macho ibérico se limita a emborracharse y jugar al domino en los bares así que... ¿alguien sabe qué palabra rima con “dulce ternerita”?
Jaime Arbal no es un macho ibérico, ni un metrosexual en ninguna de sus variantes. El protagonista de la novela de Javier Reverte es un hombre que camina por el mundo sin entender cómo funcionan las cosas, como si no acabase de creer que el mundo es realmente como se le muestra. Es Jaime un hombre resignado y desesperanzado, taciturno y en ocasiones malhumorado, enojado con una vida que se le antoja un buen modo de esclavitud. La novela nos sitúa en Madrid a finales de milenio, intentando captar la mediocridad y la falta de sentido de la que se impregna la sociedad de los últimos tiempos en las grandes ciudades. Una individualidad preternatural divide y aisla a los habitantes del universo propuesto por Reverte, sumiéndolos en una tonalidad agridulce, un relieve de comicidad para una realidad adusta.
 "Aqui estoy yo fotografiado junto al libro."
La trama central de la novela se basa en el hallazgo de una maleta que contiene las pertenencias de Juan Banderas, un hombre de mundo que atesoraba cartas enviadas a su esposa mientras él se hallaba de viaje. También contiene unos cuantos clásicos de la literatura. En éstos enseres, Jaime Arbal encuentra un nuevo hálito de esperanza, un espíritu romántico que creía inexistente y que se condensa en las cartas de Banderas y en las hazañas vividas por personajes de las tragedias de Homero o Shakespeare. Jaime sigue los progresos de Juan Banderas leyendo cada una de las epístolas, nutriéndose de la pasión, el coraje y la animosidad del que se convierte, a ojos de Jaime, en un personaje más de tragedia épica: encandilado con la belleza de exóticos parajes, sumido en profunda devoción por su esposa y aterido por la distancia que le separa de su calidez, transmitiendo sus sentimientos con claridad imperturbable y emprendiendo su vida con el valor que la convicción provee.
Así encontramos la dicotomía que Reverte dispone a fin de diferenciar ambas realidades. Por un lado, la de un hombre perdido hace tiempo del camino de sus sueños, centrado en una vida de oficinista tasador de seguros que persigue a travestis, con una relación matrimonial quebrada, y un futuro poco atractivo, apalancado en la desilusión y transitando en la carretera de la resignación. Por otro tenemos a Juan Banderas, irreductible, apasionado y romántico en un sentido amplio de la palabra. Un aventurero que no se ciñe a caminos y trata de hallar el propio entre la maleza y el terreno agreste de la vida. Un amante que goza de su sentimiento en lugar de padecerlo, un hombre que se enfrenta a su vida en vez de esquivarla.
La verdad es que el mundo de Jaime es mucho más cercano a la vida del ciudadano occidental medio que la de Banderas. Aunque la novela tiene cierto toque satírico, totalmente pretendido por el autor para conseguir un ambiente cómico dentro de los ridículos infortunios que vive Jaime Arbal, no deja de tener un trasfondo realista, un mensaje subliminal que trata de recordarnos que no debemos cejar en el empeño de levantar la mirada del escritorio de la oficina y otear el horizonte en busca de nuestros sueños. Parafraseando a Graógraman, el león multicolor de “La Historia Interminable”, el camino de nuestros sueños, el de nuestra verdadera voluntad, es el más peligroso de todos, puesto que en ningún otro es más fácil perderse por siempre y olvidar nuestros verdaderos anhelos.
 "Aqui un colega de toda la vida, también junto al libro."
Por último, destacar uno de los puntos álgidos de la novela. Javier Reverte inicia muchos de los capítulos del libro con hilarantes comparativas del ser humano con distintos tipos de animales: caballos, murciélagos, caracoles, aves, siempre destacando lo miserablemente arrastrado que es el ser humano en contraste con el honorable bicho con el que toque compararlo. Reverte consigue con maestría unas comparativas ágiles que incitan cuando menos a sonreír con complicidad, porque no están exentas de un poso de realidad palpable.
Aparte del asunto del metrosexual y el macho ibérico, del cual me lavo las manos, en meloncorp estamos hartos de los que creen que ser romántico significa usar toallitas perfumadas para bebé y escribir un diario en una libreta con la cara de Barbie en la tapa. Ser romántico no es escribir poesía barata o cantar canciones sobre el olor de los sueños. Ser romántico no es lloriquear por las esquinas, ni regalar flores sistemáticamente, ni tampoco buscar gracilidad en los andares de tu abuela. El romanticismo no te convierte en un gilipollas.
En meloncorp somos románticos sin necesidad de ir hablando en diminutivo o llevar diademas de color rosa. El romanticismo es en gran parte lo que nos brinda aquello que muchos llaman humanidad, ser romántico es sentir e involucrarse en el sentimiento. En meloncorp nos dedicamos a parlotear libremente sobre todo aquello que nos resulta un refrescante soplo de vida, ideamos el proyecto en base a dar rienda suelta a lo que nos apasiona, transcribir pequeños retazos de nosotros mismos para ser y al mismo tiempo haceros partícipes de nuestra pasión. Ser romántico es mirar más allá de lo mundano sin tener que ir fantaseando sobre amores idílicos (necesariamente), es conciliar cierta honestidad con uno mismo, salir adelante con arrojo, y sobre todo persistir en nuestra búsqueda de todos los sueños del mundo.
Soñado por |ngenius
(Demasiao machote...)
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