
Harry Potter es una aberración con gafas pretendidamente infantil, icono de una agresiva campaña publicitaria que, personalmente, me saca de mis casillas. Potter se sirve de la magia para absorber la mente de nuestros niños, quienes abandonan el sueño iniciado por los Village People y dejan de desear convertirse en aguerridos agentes de policía, fornidos bomberos, o incluso descuidan el clásico deseo infantil de tocar las estrellas convertidos en famosos astronautas. En su lugar, desean iniciar la revolución de los novatos, lucir gafas de culo de vaso y atravesar paredes de estaciones ferroviarias. Conclusión: los niños quieren tener pinta de novato, el agua moja y las mujeres empiezan a parecerse a nosotros, definitivamente el mundo se está yendo al carajo...
 "En todo pozo de inmundicia siempre hay algo positivo: Barry Trotter, un aprendiz de mago de 22 años que aún vive en el cole..."
Pero comprendo que esto es simple opinión (o aversión) personal. Son muchos los que siguen a Potter en cada película que se estrena, en cada libro que su autora decide escribir, sin ánimo de lucro y sin más pretensión que hacer de las aventuras del joven aprendiz de hechicero algo realmente mágico y fantástico. Los millones que se embolsa son para dar de comer a las palomas en la plaza Catalunya (la de Londres) y para que recojan las hojas caídas de los árboles en el periodo otoñal. El resto lo mete en una cuenta de La Caixa, como bien le aconseja su amigo Jaume Roure, destinada a salvar a las crías de las alúas en el África negra.
Por tanto, y pese a entender que muchos de los que leáis estas líneas gustéis de Potter y de su afición por seguir los pasos de Juan Tamariz, yo PASO de escribir sobre Harry Potter. Este artículo era una excusa para expresar mi desavenencia contra los éxitos de taquilla basados en poner la cara del horrible niño hasta en las gomitas-de-usar-en-pareja, y también para hacer apología de las películas de acción decentes, ¡¿por qué ya nadie produce una película como “La Jungla de Cristal” o “Arma Letal”?! Incluso admito la primera entrega de “Alerta Máxima” como película de acción semi-decente, ¡¿es que vamos a sustituir el AK-47 y la camiseta imperio por un sombrerito de copa?! Yo sostengo la teoría de que Steven Seagal y Jean Claude Van Damme son dos amantes del cine bohemio francés y se iniciaron en la temática de acción para boicotear el género desde dentro.
 "El niño tiene ya la edad de hacer la mili, así que para la siguiente entrega la cosa ya será más al estilo Sensación de Vivir."
Bromas a un lado, no creo que esta saga de Harry Potter sea pobre en modo alguno (pobre, pobre... no), lo que me mantiene a raya del fenómeno es más bien la insistencia general por introducir al aprendiz de mago en cualquier ámbito de la vida. Los libros serán entretenidos y las películas harán las delicias de niños y mayores, pero yo me siento en estado de sitio, atrincherado tras mi esperanza de que Harry Potter no viole mi derecho a escoger lo que deseo ver, lo que me gusta y lo que no me gusta. Desgraciadamente, entre las versiones cinematográficas de personajes de Marvel y el niño amorfo este, me cuesta pensar en una película reciente que me haya gustado y que la pasen en cines convencionales. Preveo la añoranza por las películas de Alfredo Landa cuando era un joven galán, y un sentimiento de desesperanza se adueña de mí.
En fin, este es un mini-artículo en meloncorp, así que iré finalizando, con su permiso. Pensé en divagar sobre algún tema trascendental como los cambios en los planes de vuelo de las aves migratorias, pero mi loro me ha comentado que es preferible no revelar información de ese tipo, so pena de acabar protagonizando un remake de una famosa película de Alfred Hitchcock. De manera que, si estás leyendo esto y tienes algo que opinar sobre Harry Potter o sobre las aves de costumbres migratorias... ¡déjanos tu opinión en el melonblog, por el amor de Diox!
Abracadabra por |ngenius
(Pata de cabra)
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